martes, 18 de septiembre de 2007

¿Que son los escrúpulos exagerados?

En la vida espiritual; un error muy común que suelen cometer muchos creyentes es: exagerar, verlo todo malo, considerar que los pecados veniales son mortales, que toda pequeña falta, es algo terrible que urge ir a confesar. Quien es excesivamente escrupuloso aparentemente se las da de humilde al reconocer que tiene muchos pecados, pero en realidad cae en la soberbia, pues considera que su pecado es mayor que la capacidad de Dios de perdonarlo, y además llega, lo cual es más triste todavía, a la desesperanza. A diferencia del publicano en el templo que se reconocía pecador y por ello se acogía a la misericordia divina (ver Lc. 18, 9-14), el escrupuloso vive atormentado por sus faltas, acude constantemente a confesar naderías y en el fondo de su corazón, está convencido de que no tiene remedio.

La demasía escrupulosidad puede ser un problema psicológico que requiera ayuda profesional, o puede ser simplemente un error de apreciación que se cura, por ejemplo, al leer y meditar el capítulo 15 del Evangelio según San Lucas hasta comprender que la misericordia de Dios supera todo juicio humano y que Dios nunca es juez castigador, sino Padre amoroso que sale siempre al encuentro del pecador. (Síntesis “Desde la Fe” # 516 del 14 de enero de 2007 –Quiero saber- Pág. 05).

EVANGELIO LEIDO EN LA SANTA MISA DEL DÍA 14 DE ENERO DE 2007.

Según San Juan (Jn. 2, 1-11). Escuchar pista 27

Reflexión: Jesús tiene amigos que lo acompañan a la boda. Jesús nunca anda solo; si lo amamos a Él, tenemos que amar a sus amigos ¡y Él es amigo de todo el mundo!

Su asistencia a la boda es ratificar y santificar la unión conyugal hecha sacramento entre los cristianos.

Es tan solo por los méritos de Jesús y por el amor paternal de Dios, que nos salvamos. Ningún humano, exceptuando a Jesús, tiene méritos propios. Ni la Virgen, ni los santos.

Pero nosotros, los católicos, cuando hablamos de la intercesión de la Virgen y de los santos, no hablamos necesariamente de méritos iguales a los de Jesús, sino de méritos con Jesús.

La Iglesia es una familia con relaciones fraternas de cariño y de servicio. Nos necesitamos unos a otros y nos salvamos juntos, como pueblo.

Ya sabemos que no es la Virgen la que hace los milagros, atributo exclusivo de Dios, ¡pero, que bien se las arregla para conseguir esos milagros de su Hijo! Y como ella, los santos, que no son más que hijos buenos del padre Dios que los ama especialmente por haber cumplido su voluntad.

A María no le decimos “dame”; a ella le decimos “ruega por nosotros”, y preocupada por cada uno de los hijos, se da cuenta que ya no tenemos vino y convence a Jesús que nos convierta nuestra agua en vino, aunque todavía no sea hora (y dice a los sirvientes “hagan lo que Él les diga”).

Pero no solo ella tiene ese poder ante Dios, también los santos y ¡también nosotros! ¡Cómo nos parecemos a nuestra Madre!

Los cristianos oramos unos por otros. También en las asambleas de los hermanos separados oran por la paz del mundo, por la salud de los enfermos, por la conversión de los alejados. Ellos son intercesores ante Dios. ¿Por qué, entonces, negarles el poder intercesor a María y a los santos? Jesús mismo no enseñó a orar y nos dijo que nuestras peticiones siempre alcanzan respuesta si pedimos en su nombre. (Síntesis “Desde la Fe” del 14 de enero de 2007. P. Sergio G. Román –Las bodas de Caná-).

Por eso, los cinco puntos para saber si hacemos lo que Jesús nos dice, son:

1.- Confiar en la sangre que Jesús derramó en la cruz para el perdón de los pecados.

2.-
Aceptarnos pecadores y acogernos a la misericordia divina que supera a todo juicio humano.

3.-
Creer en Dios como un Padre amoroso, que sale siempre al encuentro del pecador y nunca como un juez castigador.

4.-
Interceder en oración en el nombre de Jesucristo, por los enfermos, alejados o por aquellos hermanos dominados por el espíritu del mal.

5.-
No tener miedo y servir el vino de la nueva alianza, a los que más lo necesitan porque se les terminó.




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